Para que sea desierto hay que andarlo.

El desierto hay que andarlo

Para mí este tipo de propuesta de viaje fue el catalizador para poder disfrutar del desierto intensamente. Otro tipo de viaje al desierto no hubiera sido tanto enriquecedor, pero esta fòrmula de caravana a pie y en camello, similar a las caravanas tradicionales que recorrían el Sáhara hasta Tombuctú, hace magia con el espíritu. Cómo tantos otros antes lo habían hecho, en mi viaje al desierto encontré varias paradojas de la experiencia. Curiosamente la sensación de nada, de aquella “Nada absoluta” de los grandes espacios con dunas continuas hace que desde dentro aparezca tu “todo”: cuando te vacías al desierto empiezan a salir todas aquellas cosas reales que llevas dentro; deseos, placeres, objetivos, ilusiones y todo tipos de revelaciones personales aclaratorias. Recuerdo que cuando volví del desierto decía a todo el mundo que tendría que estar prescrito médicamente de forma obligatoria ir una vez por año.

La segunda paradoja pasa por aquella sensación de estar perdido que puedes tener en algunos momentos. Cuando vas adentrandote en el desierto y vas perdiendo de vista las montañas que lo rodean, parece que entres en un nuevo mundo lejano. Curiosamente esta lejanía de todo, aquel tipo de pérdida de toda referencia espacial posible, conjuntamente con la pérdida de referencia horaria, te hace encontrarte a ti mismo. El desierto tiene la virtud de alejarte de todo y acercarte a ti mismo, a las cosas más básicas, más sencillas y necesarias; precisamente estas que el día a día a menudo va tiñiendo otras cosas.

Mi tercera paradoja fue concebir pararlo todo en el movimiento. Andar. Como Thoreau, como Verdaguer, como Gros, Rosseau, Proust… experimentamos la belleza de observar como, del gesto del andar, afloran las ideas más interesantes o los mejores pensamientos. En mi caso, pensamientos sanadores sorpresivos, pues yo quería focalizar mi viaje en una decisión laboral importante pero el desierto me confrontó rápidamente con los pensamientos que tenían que aflorar para estar bien: un luto reciente de un familiar cercano que no había digerido todavía. El desierto te trae dulcemente sobre las cosas que realmente son importantes, y el movimiento de andar día a día va peinando estos pequeños hilos de nuestra vida; hasta que todo se para. Los últimos días del desierto son el puro placer de la observación de una calma interna que hace espejo con la calma externa del desierto.

Por todas estas paradojas, creo que el desierto requiere andarlo como condición para que exista. Sino no es desierto: puede ser una postal o un espejismo; pero para que sea desierto hay que andarlo.

Nuria Nia. Caravana octubre 2016

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